Integración diferenciada: la Alianza del Pacífico y el sector privado

5 Octubre 2017

Mucho se ha escrito sobre los avances significativos que ha tenido la Alianza del Pacífico desde el momento en que se formalizó hasta la fecha. Menos se ha escrito sobre las dificultades o momentos de poco éxito de la misma. Sin embargo, la realidad es que excesivas líneas en múltiples medios han obligado el esquema integrador en el que hoy se sitúan México, Perú, Colombia y Chile. Además, el hecho de que la mayor parte de los análisis, reseñas o comentarios se hayan inclinado por resaltar las bondades de su funcionamiento obedece a que realmente sus avances son notoriamente mayores a sus dificultades.

 

Desde su origen, la Alianza del Pacífico ha estado fundamentada en unas características que han hecho de ella un proceso de integración diferenciado. Al compararla con los numerosos intentos latinoamericanos propuestos para consolidar la cooperación entre naciones (sea económica, política o de cualquier otra índole), es fácil observar que la velocidad de sus logros, como el avance progresivo hacia la obtención del objetivo general que se planteó de lograr un Área de Integración Profunda, es mucho mayor que la expuesta por la Comunidad Andina de Naciones (CAN), el Mercado Común del Sur (Mercosur) o el Mercado Común Centroamericano, entre otros casos.

 

Señalará el más escéptico que no son procesos comparables – y en ello tendrá razón –, pero es precisamente en lo que radica el relativo éxito de la Alianza del Pacífico, en que no pretendió hacer lo mismo que ya se había demostrado difícil de alcanzar. En breves líneas, analicemos algunas diferencias.

 

Alianza del Pacífico: integración diferenciada

 

Desde 1948, cuando se dio inicio al primer proceso de integración política que involucró a América Latina – la Organización de Estados Americanos (OEA) –, hasta el más reciente de los procesos – la Alianza del Pacífico –, la región no había experimentado un compromiso y una voluntad política tan fuertes para sacar adelante un diálogo entre naciones de la región.

 

Cuando se firmó el Acuerdo de Cartagena en 1969, en lo que maduraría décadas más adelante como la CAN, se planteó un proceso de integración que difícilmente terminaría mal. Había institucionalidad y compromiso – incluso a pesar de las dificultades políticas de los años 1970 y 1980. Sin embargo, faltó la voluntad e identificación homogénea de intereses. Igual sucedió en los años 1990 cuando se planteó la creación de Mercosur. Aunque no con la ambición del Pacto Andino, sí se visualizó algo más sólido y dinámico de lo que hay. Sin embargo, de nuevo, se falló en la carencia de principios, valores e intereses homogéneos.

 

Así las cosas, la Alianza del Pacífico tiene lo que no han tenido los procesos de integración que la antecedieron: identificación de intereses, conjunción de valores y convergencia de principios. Con simplemente ir al Acuerdo Marco, se perciben fácilmente estos aspectos. Textualmente se reafirman “como requisitos esenciales para la participación en la Alianza del Pacífico la vigencia del Estado de Derecho y de los respectivos órdenes constitucionales, la separación de los Poderes del Estado, y la promoción, protección, respeto y garantía de los derechos humanos y las libertades individuales”.

 

Esto en realidad es trascendental, pues además de trazarse una línea económica y comercial de liberalización, lo que se plasma en esa declaración de principios es la viabilidad de la Alianza del Pacífico en materia política. De hecho, en la revisión de resultados actuales del mecanismo en cuestión, una particularidad es empezar a notar avances reveladores en temas de cooperación internacional, ciencia, tecnología e investigación, en beneficio de las pequeñas y medianas empresas (PyMEs) y programas conjuntos en materia de seguridad y defensa, entre otros no menos importantes.

 

Por tanto, si se establece un paralelo entre, por ejemplo, la CAN y la Alianza del Pacífico, las diferencias en beneficio de la segunda van a sobresalir. Entre otras cosas porque, lastimosamente, la burocracia e institucionalidad del otrora Pacto Andino lo perjudica notablemente. Ventajoso para la Alianza del Pacífico es ver que no se ató a ninguna institucionalidad, ni le preocupa tal fenómeno. Por tanto, carece de burocracia que ralentice sus procesos. Aunque se le acuse de mediática, a raíz de notar que los cuatro presidentes salen en más fotografías que en cualquier otro mecanismo, pues la realidad es que sin burocracia ha sido más eficiente que los intentos integracionistas que sí la tienen. Es lo mismo que ocurre cuando se compara con Mercosur.

 

Establecido desde los años 1990, el Mercosur entró en crisis a principios de los años 2000 y fue relanzado por Luiz Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner. Pero de poco sirvió tal relanzamiento, pues, dado su esquema burocrático y la carencia de homogeneidad de principios y valores políticos, presenta un grado de incumplimiento tan elevado que no ha faltado quién cuestione su existencia en el tiempo.

 

Más aún, cuando se analiza la Alianza del Pacífico como fruto de una reacción política frente a la coyuntura regional de implementación del socialismo del siglo XXI versus la defensa de la democracia liberal, algunos intentos integracionistas como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) o la Unión de Naciones Suraemericanas (UNASUR) resultan tan ambiguos, ineficaces y burocráticos, que hasta en ello la unificación de principios constitucionales de los cuatro miembros de la Alianza del Pacífico los pone en ventaja.

 

Hoy – y desde hace varios años – UNASUR es cuestionada porque luce absolutamente ineficaz e inoperante frente a situaciones en las que los órdenes constitucionales se ven resquebrajados. Y sobre la CELAC, sólo resta señalar que mientras Cuba y Venezuela, sus grandes promotores, estén viviendo las delicadas coyunturas en las que se han involucrado, es un proyecto casi inexistente. Además, porque a muchos de sus miembros les tiene sin cuidado que funcione.

 

El proceso diferenciado

 

Con ese panorama, la Alianza del Pacífico es un proceso sui generis. Firmado el Acuerdo Marco y aprobado el Protocolo Adicional (conocido como “Protocolo Comercial”), entre otros documentos oficiales, el proceso avanzó en diferentes áreas. El tema comercial no amerita un análisis a profundidad, pues es el más citado en los medios de comunicación y análisis hechos en torno a la Alianza[1]. Particularmente se resume en el 92% del universo arancelario liberado y acuerdos claros para que el 8% restante se logre a la mayor brevedad.

 

Pero existen otras particularidades de la Alianza del Pacífico que sí ameritan mayores líneas. Entre ellas, y dado que el espacio es limitado, hay dos factores que bien vale la pena analizar: de un lado el tema de la cooperación internacional y, del otro, el papel que ha venido desempeñando el sector privado en el mecanismo integrador.

 

En materia de cooperación internacional, es menester señalar algunos de los progresos del diálogo que se ha venido madurando al interior de la Alianza del Pacífico. Quizá, cuando ésta se creó, poco de lo que ahora se viene haciendo en materia cooperativa se había visualizado. En las directrices de la alianza no se trabajó directamente en trazar líneas de ejercicios conjuntos en materia de seguridad y defensa; lucha contra el narcotráfico; asistencia técnica y conocimiento en materia de ciencia y tecnología que benefician a las PyMEs; y movilidad académica, entre muchos otros factores. Valga insistir que esos aspectos se están cuantificando con resultados progresivamente positivos.

 

En relación con el papel que desempeña el sector privado en las dinámicas integradoras de la Alianza del Pacífico hay importantes asuntos que bien vale la pena mencionar. Es tan relevante su rol que amerita lo que resta de estas líneas para abordar ese tema específico: el sector privado en la Alianza del Pacífico.

 

En primer lugar, desde la perspectiva meramente económica de la iniciativa, resulta inadmisible pensar la Alianza sin el aliento que le imprime el sector privado. Esto se explica, primero, porque a éste se le dio participación directa desde un comienzo (cuando se desarrollaba su antecedente básico: el Foro Arco) en cada una de las naciones involucradas. Luego, porque ha sido un sector dinámico – aunque más en unos países que en otros – que ha querido hacer parte de las negociaciones sugeridas por los gobiernos. Valga anotar una particularidad que se presenta en algunas de las naciones latinoamericanas del siglo XXI: al empresario, ya le está interesando lo que pasa más allá de las fronteras nacionales. Este aspecto no era tan común un par de décadas atrás.

 

En el contexto de la Alianza del Pacífico, los empresarios y los gremios de la producción de los cuatro miembros mantienen vínculos a través de un mecanismo creado para tal efecto. Se trata del Consejo Empresarial de la Alianza del Pacífico (CEAP), en el que cada país tiene su capítulo. Para su conformación, cada país extendió la invitación a varios de los empresarios más reconocidos en su entorno y se propuso crear el mecanismo con el objeto de promover la Alianza del Pacífico en sus países y la región, participando directamente con recomendaciones y sugerencias que permitan “la mejor marcha del proceso de integración y cooperación económico-comercial (…), así como impulsar y sugerir visiones y acciones conjuntas hacia terceros mercados, particularmente con la Región de Asia Pacífico”[2].

 

La existencia del CEAP, y su consecuente labor en beneficio del diálogo entre estos importantes actores del sector privado, se ha convertido en un factor que hace más estrecho el vínculo entre las economías que actualmente participan de la Alianza. Por medio de dicho Consejo, se ha logrado avanzar en aspectos relacionados con la competitividad de las empresas, a la vez que se han presentado importantes avances en materia de homologación de normas y reglamentos técnicos, facilitación del comercio y promoción y apoyo a las exportaciones. Otros temas no menores han sido resultado de la interacción empresarial, tales como el logro de documentación que impide la doble tributación, el significativo resultado en materia de integración financiera a través del Mercado Integrado Latinoamericano (MILA), y la gradual implementación de tecnologías de la información en beneficio de la comunicación entre los sectores empresariales de los miembros de la Alianza del Pacífico.

 

Sumado a estos avances, debe anotarse que, a diferencia de lo que sucede en otros procesos de integración regional, la manera como se ha concebido tanto la Alianza del Pacífico como el CEAP ha permitido que los procesos sean más ágiles y expeditos. Al no existir una amplia burocracia en medio del esquema de integración, los contactos entre empresarios y gobiernos son más fluidos y arrojan verdaderos resultados.

 

Sin embargo, también debe anotarse que al acercarse al detalle de los diferentes comités que vienen trabajando para lograr avances en productividad y competitividad, quedan todavía varios pendientes que, vistos desde lo macro, suelen perderse de vista. Frente a ello, por ejemplo, una iniciativa valiosa liderada por los empresarios desde el año 2016 gira en torno a la realización de talleres y actividades para el desarrollo de agendas público-privadas en temas tales como integración financiera, infraestructura, comercio de servicios, homologación de normas mercantiles, líneas de financiamiento útiles a las PyMEs, inversiones, buenas prácticas y comercio electrónico.

 

Realmente el papel que desempeña el sector privado al interior de la Alianza del Pacífico le ha permitido convertirse en un actor clave en lo que respecta a la integración regional. Quizá un tanto a la manera como se planteó el funcionamiento de la integración regional en Europa, la Alianza del Pacífico tiene de particular que, con un sector privado activo, interesado e interactuando constantemente con grupos de interés y tomadores de decisión, ha logrado posicionarse como el diálogo latinoamericano por excelencia, en materia de cooperación.

 

* Luis Fernando Vargas-Alzate es profesor asistente de carrera académica y analista internacional de la Universidad EAFIT, Medellín (Colombia).




[1] Algunos líderes gremiales entrevistados recientemente para el desarrollo de un proceso de investigación de amplio espectro, han coincidido en que el tema comercial no representa grandes novedades en realidad, puesto que lo que se hizo fue tratar de establecer una convergencia de los acuerdos ya existentes. Entre otras cosas, esto explica que la decisión de formar la Alianza del Pacífico hubiese tenido un componente político más fuerte que la misma variable comercial. La coyuntura política regional hizo que las cuatro naciones fundadoras reaccionaran a lo que políticamente se estaba viviendo y, no habiendo importantes avances en el marco del Foro del Arco del Pacífico Latinoamericano, la Alianza del Pacífico surge entonces como una nueva vía de diálogo político-económico.

[2] Disponible en <http://bit.ly/2hBCwDU>.

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