Huella de carbono en exportaciones latinoamericanas: de la amenaza a la oportunidad

12 Noviembre 2013

La Comisión Europea está iniciando la primera parte de su programa piloto sobre etiquetado ambiental. Han sido seleccionados 17 participantes en una amplia gama de sectores no alimenticios. En enero de 2014 se realizará la convocatoria para los representantes del sector de alimentos. Estos pilotos concluirán a fines de 2016. Se espera una decisión final al respecto, alrededor de 2020.[1]

Un proceso similar llevó adelante Francia, en el marco de la denominada Ley Grenelle II. A partir de julio de 2011 y por un año se emprendió un piloto de etiquetado ambiental, a partir del cual se tomarán decisiones sobre las características y amplitud que tendrá esta práctica en ese país.

Los resultados están aún bajo análisis, pero ya parece estar relativamente claro que las etiquetas ambientales serán más complejas y lentas de implementar de lo que se pensaba al iniciar este piloto: existen problemas metodológicos, de costos y especialmente de comunicación. Pese a la buena evaluación en general que tuvieron las empresas y consumidores de este proyecto, al momento de hacer la compra no es posible comparar entre dos productos similares respecto de su impacto ambiental.

Desde América Latina se observó el proceso francés y ahora el comunitario con especial atención y también cierto resquemor. No eran pocas las opiniones que afirmaban que se estaba frente a un naciente "proteccionismo verde". Esta nueva práctica podría limitar y eventualmente impedir el ingreso de productos procedentes de América Latina, así como de otros países en vías de desarrollo, a los mercados europeos.

El acceso a las tecnologías bajas en carbono, por ejemplo, es muy limitado en la región latinoamericana, por lo que sería posible que los productos incorporen mayor cantidad de carbono. Si se considera el transporte para recorrer las largas distancias entre los productores y consumidores, la situación se dificulta aún más, pues aumentan las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) asociadas al producto.

Algunas de las principales empresas exportadoras de América Latina ya habían comenzado a introducirse en el etiquetado ambiental desde 2007, pues sus clientes europeos, particularmente las grandes cadenas de supermercados, estaban empezando a solicitar a sus proveedores el cálculo de indicadores de impacto ambiental. Entre estos, la huella de carbono, que contabiliza las emisiones de gases de efecto invernadero, pasó a ser la más requerida.

Hay experiencias de cálculo de huella de carbono en los vinos chilenos, argentinos y uruguayos; los cafés colombianos, hondureños, costarricenses y nicaragüenses; los camarones ecuatorianos; el cacao dominicano y nicaragüense; algunos lácteos chilenos y uruguayos; carnes brasileñas y uruguayas, entre muchos otros productos.

Distintas son las razones por las cuales la huella de carbono ha ido mutando desde una amenaza de proteccionismo comercial a una oportunidad de mejora y ahorro en las empresas exportadoras de alimentos de América Latina. Si bien esta "transición" puede existir también en otros sectores, los alimentos tienen una importante presencia en prácticamente todas las exportaciones de la región, representando en promedio el 20% de los envíos al exterior y una mayor diversificación de productos que otros sectores. Dado que sus principales mercados de destino son la Unión Europa y Estados Unidos, las empresas exportadoras de alimentos han sido de las primeras en enfrentarse a estas nuevas prácticas, pudiendo transformarlas en nuevas oportunidades.

Del aprendizaje forzado al descubrimiento
En 2007 la cadena de supermercados británica Tesco invitó a la principal viña chilena, Concha y Toro, a participar en su programa para calcular la huella de carbono de sus proveedores. Parte de la estrategia definida por el retail para hacer frente al cambio climático consistía en que sus productos incorporaran esta información en sus etiquetas, utilizando una misma metodología de cálculo, de manera que los consumidores pudieran considerar este criterio a la hora de decidir sus compras. La iniciativa no prosperó, entre otras razones, por los altos costos de implementación. Sin embargo, la señal fue lo suficientemente fuerte para que se desarrollaran varias iniciativas público-privadas que permitieron que, hacia finales de 2012, cerca del 70% de las exportaciones de vino chileno estuvieran midiendo sus emisiones de GEI.

Hacia finales de la primera década del 2000, algunos supermercados europeos (Casino y Migros, por ejemplo) comenzaron a implementar programas que iban desde el reciclaje hasta el etiquetado de carbono, respondiendo así a las demandas de los consumidores. En ese momento eran usuales las encuestas de opinión europeas que daba cuenta de la preferencia por consumir productos con menor impacto al medio ambiente.

A mediados de 2009 se creó The Sustainability Consortium, grupo de diversas entidades que desarrollan sistemas para medir y reportar la sustentabilidad de productos de consumo, donde distribuidores como Walmart juegan un papel relevante. El trabajo con alimentos, bebidas y productos agrícolas es el que ha captado por más tiempo la atención de esta agrupación.

La demanda de los consumidores de los mercados internacionales por productos "verdes" fue canalizada a través de las cadenas de supermercados, de las cuales son proveedoras las empresas latinoamericanas. A sugerencia de estos clientes y también motivados por el creciente debate sobre cambio climático se comenzaron a realizar mediciones piloto de varios productos agropecuarios de la región, donde empezó a entender la conexión entre el cambio de las temperaturas a nivel mundial y las distintas etapas productivas del sector.

Si bien la participación en las emisiones de GEI a nivel mundial de América Latina es pequeña, alrededor del 5% del total, cuando se miden las emisiones de un producto a partir de su ciclo de vida, la escala varía. Por ejemplo, en la producción agrícola se hace evidente que tanto la elaboración como el uso de los fertilizantes emiten dióxido de carbono y óxido nitroso, respectivamente. En los productos cárnicos y lácteos se aprecia la relevancia del metano, procedente de la fermentación entérica del ganado. En el traslado de los insumos se ve el impacto de los viajes de los camiones al interior de cada país. Y, finalmente, en el envío de los productos hacia los mercados de exportación se aprecia la diferencia entre los envíos marítimos (los más bajos en emisiones) respecto de los envíos aéreos (los más altos emisiones).

De este modo, los empresarios van descubriendo la presencia del carbono en su producción y se va haciendo cada vez más evidente que no es necesariamente la energía producida por combustibles fósiles la principal fuente de emisiones en la producción de la región. De hecho, a niveles agregados, el cambio de uso de suelos y la agricultura son las fuentes de emisión de GEI más importantes en América Latina y el Caribe, con alrededor del 66% del total.

Principales avances y oportunidades
Aquellas empresas que han dedicado algunos años a calcular su huella de carbono fueron constatando que al reducir sus emisiones se generaban ahorros financieros e incluso mejoras productivas. El ejemplo más claro es el de la eficiencia energética. Al analizar cuidadosamente  el consumo de la energía en las distintas etapas del proceso productivo, y en la medida de lo posible, se pueden tomar medidas que van desde el cambio de tipo de combustible utilizado hasta la introducción de nuevas tecnologías. En algunos casos, como el café, se está comenzando a generar biogás a partir de ciertos desechos, el cual es utilizado como generador de energía en ciertas etapas del mismo proceso e incluso puede ser una nueva alternativa de negocios al comercializarse a otras empresas.

Las opciones de cambio a nivel de fertilizantes suelen ser más limitadas, aunque los cultivos orgánicos constituyen una alternativa que ha ido en aumento en la región. De acuerdo a Organic Monitor, se estima que 18% de la superficie certificada como orgánica a nivel mundial corresponde a América Latina. Sin embargo, más allá de estas certificaciones, es usual el manejo orgánico de cultivos especialmente en cooperativas de la región.

La selección del medio de transporte a los mercados de destino está usualmente fuera del control de la empresa productora, pues generalmente depende de las características del producto, siendo los más rápidamente perecederos los que privilegian el transporte aéreo. En el caso de las flores colombianas, ese traslado representa alrededor del 80% de su huella de carbono. No obstante lo complejo del desafío, se está avanzando en la implementación de embarques marítimos con algunas especies, tras lo cual existe un gran esfuerzo de investigación y desarrollo.

En otros casos es el envase lo más complejo. Por ejemplo, alrededor de un 40% o más de la huella de carbono de los vinos chilenos se explica por su botella, pues la fabricación del vidrio y de las botellas generan muchas emisiones. La incorporación de botellas livianas con hasta un 14% menos de vidrio es una práctica ya extendida en la industria chilena. Adicionalmente, al volver más liviano el producto, disminuyen también las emisiones de su traslado, que en este caso es marítimo.

Todas las opciones de mitigación mencionadas también tienen un impacto en la mejora global del negocio, más allá de la reducción de sus emisiones, transformándose en su conjunto en una mejora en la competitividad de las empresas y un mejor posicionamiento en los mercados internacionales. Por lo tanto, calcular y reducir emisiones va en la línea de colaborar con la internacionalización de la empresa.

Desafíos futuros
La mayor experiencia en el uso de la huella de carbono parece estar en las grandes empresas exportadoras de alimentos y bebidas de la región o en algunas de sus asociaciones gremiales. También existen experiencias mucho más acotadas en empresas medianas de algunos países. La incertidumbre en torno a quiénes miden o no su huella se debe a que las empresas no informan masivamente de esta práctica. De hecho, aunque la huella de carbono se calcula, esta no se incorpora en las etiquetas.

Al revisar las pocas experiencias conocidas a través de seminarios y algunas pocas publicaciones, se constata el gran esfuerzo que conlleva iniciar esta práctica. Es un tema nuevo, complejo y con aspectos técnicos distintos a los usuales estándares agrícolas que giran en torno a aspectos de inocuidad. Asimismo, la medición de la huella de carbono no está asociada a un esquema de certificación obligatorio o que garantice mejores precios. Los efectos de la crisis financiera en Europa explican en parte que esta voluntad de los consumidores por privilegiar empresas y productos "verdes" todavía no se ha traducido claramente en indicadores concretos de aumento de ventas o precios.

En ese orden de ideas, es necesario un esfuerzo público-privado para sumar esta temática en la gestión de las empresas de manera más amplia. La adhesión de las pequeñas y medianas empresas se vuelve crucial toda vez que son las proveedoras de insumos en la industria alimenticia. No obstante, son las que requieren también de más apoyo técnico y financiero para canalizar este trabajo dentro de sus países, y donde las asociaciones gremiales y los gobiernos juegan un rol preponderante.

En el plano interno, el trabajo colaborativo también debe incluir a la academia. Por una parte, hay que reforzar la formación de especialistas, pues varias de las primeras experiencias de medición en las empresas son llevadas a cabo como parte de trabajos tesis finales de alumnos de universidades locales. Por otra parte, se debe avanzar en la investigación de factores de emisión locales. Un ejemplo notable en este sentido es el que efectúan los institutos de investigación agropecuaria de Uruguay, Argentina, Chile, Colombia y República Dominicana para determinar los factores de emisión de metano y óxido nitroso en el ganado, así como sus opciones de mitigación.

En el plano externo, hay que estar atentos frente a las numerosas iniciativas en desarrollo en torno a la sustentabilidad. En unos casos puede ser para su eventual incorporación en la industria local, como está comenzando a suceder con la denominada huella del agua/hídrica, o para evitar que estas se conviertan en obstáculos al comercio. Las grandes empresas exportadoras suelen ser las que primero detectan estas situaciones en sus mercados externos. Sin embargo, es necesaria la actuación precisa de los gobiernos, especialmente en los foros internacionales. No se trata solo de una actitud defensiva, sino también propositiva que permita dar cuenta de las distintas formas de producción latinoamericanas que pueden llegar a ser mucho más sustentables que las de los países desarrollados, especialmente en el sector alimenticio.

En conclusión, la huella de carbono no debiera ser vista como una nueva medida proteccionista de los países desarrollados, sino como una herramienta que permite mejoras ambientales y financieras en las empresas, por lo que incluso debiera estimularse su introducción. No obstante, y como cualquier herramienta, debe evitarse que se convierta en un obstáculo al comercio internacional cuando su principal objetivo es colaborar con la disminución de GEI y por ende disminuir los impactos del cambio climático.

[1] El artículo es parte de los resultados del proyecto "Reforzamiento de las capacidades de gobiernos y exportadores de alimentos para adaptarse a los requisitos del cambio climático" desarrollado por Cepal.

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