El papel del comercio en la seguridad alimentaria frente a la amenaza del calentamiento global

11 Diciembre 2017

La seguridad alimentaria fue reconocida como un derecho para todos los ciudadanos del mundo en la Cumbre de la Alimentación de 1996, auspiciada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés). Más recientemente, fue incluida con gran prominencia en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), incorporándose a la agenda de las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio (OMC) y grupos más exclusivos, como el G20.

 

Sin embargo, el tratamiento de la seguridad alimentaria ha enfatizado su dimensión humanitaria sin que sus vinculaciones con el comercio internacional y el calentamiento global fuesen adecuadamente incorporadas. Estas conexiones tienen consecuencias tan profundas sobre el futuro de la humanidad que hace necesario que sean consideradas en forma conjunta por los mecanismos de la gobernanza mundial. Las articulaciones entre seguridad alimentaria, comercio agrícola y cambio climático tienen las siguientes dimensiones:

 

i) la inseguridad alimentaria es uno de los grandes problemas del mundo, no solo por las consideraciones éticas vinculadas al sufrimiento humano asociado al hambre y la desnutrición, sino también por su vinculación directa a los conflictos regionales y procesos migratorios. A pesar de los adelantos logrados en la reducción del hambre, aún hoy hay alrededor de mil millones de personas que sufren hambre y desnutrición.

 

ii) si bien la producción nacional es la principal fuente de alimentos para el consumo interno, la importancia del comercio internacional ha aumentado rápidamente en años recientes. Hoy, el 20% del consumo de alimentos a nivel mundial es provisto por el comercio internacional. Por lo tanto, la producción de los países que exportan alimentos – en particular aquellos que son exportadores netos – contribuye de forma importante y necesaria al equilibrio alimentario mundial y a la provisión de alimentos en los países importadores.

 

iii) producir alimentos para satisfacer la creciente demanda mundial requerirá aumentar la utilización de recursos naturales agrícolas y también intensificar la producción con insumos tecnológicos. Dicho aumento de la producción de alimentos resultará en una mayor emisión de gases de efecto invernadero (GEIs) y una mayor utilización de agua. Estudios recientes muestran que las regiones que tienen una mejor dotación de recursos naturales y utilizan patrones tecnológicos más adecuados tienen una menor huella de carbono y de otros GEIs por unidad de producto. Asimismo, muestran que estas regiones utilizan una menor cantidad de agua verde – aquella que proviene de lluvias y que no tiene usos alternativos[1]. Estos mismos estudios indican que, si la huella de carbono es medida tomando en cuenta el secuestro de carbono (es decir, como emisiones netas), la agricultura desarrollada en sistemas agroecológicos más favorables y con la tecnología adecuada contribuye al calentamiento global mucho menos de lo que se le atribuye en los inventarios presentados ante la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (UNFCCC, por su sigla en inglés).

 

Lo anterior sugiere que un programa mundial para eliminar la inseguridad alimentaria debe tener tres objetivos principales, que requieren ser incorporados a la agenda de la gobernanza mundial. Primero, es necesario lograr niveles de producción global suficientes para satisfacer la creciente demanda mundial de alimentos. Esta oferta debe ser estable en el tiempo y a precios razonables. Lograr estas condiciones requerirá una importante inversión en desarrollo y transferencia de tecnología, infraestructura física y desarrollo de sistemas agroalimentarios eficientes e inclusivos. En segundo lugar, esta producción global debe contribuir lo menos posible al calentamiento global y ser eficiente en cuanto al uso del agua y del suelo. Como ya he mencionado, la localización geográfica de la producción y los patrones tecnológicos utilizados no son neutrales con respecto al uso del agua y del suelo. Por consiguiente, la producción de alimentos debería ser paulatinamente orientada a expandirse en los sitios geográficos más favorecidos y con la utilización de patrones tecnológicos adecuados a las necesidades de la sustentabilidad y la baja emisión de GEIs por unidad de producto. El tercer objetivo es consolidar un comercio internacional y un desarrollo de sistemas alimentarios mundiales que sean eficientes y respondan a las necesidades nutricionales de los consumidores.

 

El logro de estos objetivos requiere una acción coordinada por parte de los organismos internacionales con mandatos específicos en estos temas – como es el caso de la FAO, del Programa Mundial de Alimentación (WFP, por su sigla en inglés) y, de manera más específica y restringida, la OMC.

 

Cinco acciones coordinadas tienen especial importancia en este sentido:

 

i) acordar un nuevo esfuerzo internacional, que incluya un significativo apoyo financiero por parte de la comunidad internacional a las actividades de innovación tecnológica enfocadas en la intensificación sustentable de la producción agropecuaria y en la transferencia internacional de dicha tecnología. El desarrollo tecnológico a promover debería no solo aumentar la productividad de los recursos naturales de manera sustentable, sino también ser eficiente en relación a las emisiones de GEIs y en la utilización del agua.

 

ii) promover y facilitar el aumento de la producción de alimentos en los sistemas agroecológicos del mundo que sean más eficientes en términos de huella de carbono y otros GEIs, así como en la utilización del agua por unidad de producto.

 

iii) promover el desarrollo, aceptación y aplicación de directrices voluntarias con respecto al desarrollo y funcionamiento de los sistemas agroalimentarios mundiales. Las directrices deberían establecer normativas que contribuyan a que los sistemas agroalimentarios sean eficientes e inclusivos, respondan a las necesidades alimentarias y los estándares de inocuidad y calidad de los alimentos requeridos por los consumidores en todo el mundo y minimicen la emisión de GEIs.

 

iv) avanzar en la liberalización del comercio de alimentos en la OMC para lograr una creciente contribución de las producciones más eficientes a la seguridad alimentaria mundial, disminuyendo la huella de los GEIs generados por la agricultura.

 

v) avanzar en los viejos temas del Acuerdo sobre Agricultura, pero también incorporar algunos que han sido considerados en el pasado, aunque sin mayor éxito. Son tres los principales temas que deben ser considerados en las negociaciones multilaterales: restricciones a las exportaciones de alimentos a cambio de un mayor acceso a mercado; la incorporación de estándares ambientales; y inventarios públicos de alimentos con fines de seguridad alimentaria o apoyo a la eliminación de la pobreza rural[2].

 

* Martin Piñeiro es director del Comité de Asuntos Agrarios del CARI y miembro-fundador del Grupo de Países Productores del Sur (GPS).




[1] Véase: Viglizzo, Ernesto; Ricard, M. Florencia. Beyond the Footprint: Two tales on water, carbon and food. Buenos Aires: GPS, Abr., 2017. Véase también: Viglizzo, Ernesto; Ricard, M. Florencia. Secuestro de carbono en tierras rurales: un “eslabón” perdido en los inventarios? Buenos Aires: GPS-SRA, CONICET, Oct. 2017.

[2] Un desarrollo de estos temas puede verse en: Piñeiro, Valeria; Piñeiro, Martin (eds.). Agricultural Trade Interests and Challenges at the WTO Ministerial Conference in Buenos Aires: A Southern Cone Perspective. Buenos Aires: IICA, IFPRI, GPS, Bolsa de Cereales, INAI, ICTSD, Dic. 2017.

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