Secuencia de unas inesperadas elecciones presidenciales

14 Diciembre 2016

Las elecciones presidenciales del pasado 8 de noviembre en Estados Unidos (EE.UU.), aún en contra de los optimistas, de la estructura republicana, de las encuestas y de los incrédulos dieron por ganador al magnate Donald J. Trump como próximo presidente de ese país.

El recuento de una sorprendente campaña inicia con Hillary R. Clinton, abogada egresada de Yale, esposa del expresidente Bill Clinton, dos veces senadora por el Estado de Nueva York, exsecretaria de Estado durante el primer periodo de Barack Obama. Su principal opositor en la fórmula demócrata fue Bernie Sanders, titulado de Ciencias Políticas en la Universidad de Chicago, exsenador afiliado al partido demócrata, con ideología de centro, aunque catalogado progresista y llevado a la connotación de socialista.

Del lado republicano se presentó Donald Trump, egresado de la Escuela de Negocios de Wharton de la Universidad de Pensilvania, con un discurso antiinmigrante, antimexicano, pro Vladimir Putin, antiabortista, proarmas, crítico del librecambismo, opositor al establishment[1] y sexista aventajó a 17 candidatos republicanos. En su mayoría políticos experimentados, pero poco carismáticos o poco acaudalados para financiar una campaña presidencial.

Los partidos libertario, verde y los candidatos independientes participaron, pero no pudieron sumar, sino más bien restar votos a los partidos principales.

La antigua maquinaria electoral aceitada para la actualidad
De forma general, el partido demócrata tenía cerca de 4491 delegados. Un candidato necesitaba a 2246 para lograr la nominación. El partido republicano tenía 2470 delegados y un candidato necesitaba 1236, la mitad de los delegados más uno para lograr la nominación.

Entre enero y junio del 2016, los Estados y los partidos políticos realizaron elecciones primarias y asambleas populares de votantes registrados en los partidos. Esto para votar por los candidatos a la nominación de cada partido. Entre julio y principios de septiembre los partidos políticos realizaron sus convenciones nacionales para nombrar formalmente a sus candidatos a la presidencia. Hillary Clinton y Donald J. Trump fueron los elegidos.

Hasta dicho momento, tanto en el interior como en el exterior de EE.UU. se veía con incertidumbre la elección, pues si bien se conocía la capacidad de Trump para convencer a la clase trabajadora blanca, con un discurso errático en ideas, pero firme y directo con la promesa de velar por ellos, era visto como alguien fuera de aquel establishment, como un competidor desconocido.

A Hillary le pesaba un tono formal y poco directo, perseguida por los escándalos del uso indebido de un servidor privado para el envío de miles de correos electrónicos oficiales durante su época como secretaria de Estado, la investigación de las muertes de estadounidenses en Bengasi en 2012, las acusaciones en contra de la Fundación Clinton y una neumonía que cuestionó su salud para gobernar. Argumentos que afectaron notablemente la figura de la candidata.

Los debates y su impacto a favor de Trump
En los debates entre republicanos, Donald Trump destacó por su provocadora retórica contra el establishment, las amenazas externas, la economía china y la inmigración mexicana. En cada espacio reforzó la necesidad de proteger la frontera y reducir la inmigración clandestina. Levantó furor cuando señaló que se necesitaba construir un muro en la frontera mexicana y que impulsaría la deportación de millones de personas que viven ilegalmente en EE.UU. La popularidad de Trump compitió con la que ganaba Ben Carson, que destacaba por su impecable trayectoria profesional, su biografía y sus ideas radicales con respecto a la reforma sanitaria, las armas de fuego o el aborto. Sin embargo, Trump sacó la ventaja electoral necesaria, quedando como el candidato único en la convención nacional republicana.

Hillary Clinton se mantuvo al frente durante los debates demócratas, develando que la carrera por la candidatura oficial sería entre ella y Bernie Sanders. Clinton destacó la amenaza terrorista del Estado Islámico y la necesidad de derrotarlo, su preocupación por el ámbito exterior y la educación, la salud y los salarios; sin embargo, por momentos parecieron insuficientes ante su opositor Sanders, quien logró asestar varios golpes discursivos contra Hillary.

Sanders advirtió del poder concentrado en pocas instituciones con muchos recursos, de los bancos que tienen que ser rescatados por el Estado, de la falta de empleos, de los costos de la educación y de la existencia de un sistema corrupto de financiación de campañas. El discurso progresista de Sanders le valió miles de seguidores. No obstante, durante la convención demócrata Clinton resultaría la candidata oficial de su partido.

Desde septiembre en adelante, los tres debates televisivos entre Trump y Clinton tuvieron polarizada a la opinión pública. No había ganadores ni perdedores, se mantenía el voto duro a favor de uno y otro partido y los votantes indecisos seguían igual de dudosos.

Las propuestas de uno y de otro eran absolutamente mediáticas, si acaso con mayor consistencia las de la candidata demócrata, quien incluso contaba con una sólida campaña en redes sociales donde destacaba sus más de sesenta propuestas; en tanto Trump utilizaba su cuenta de Twitter para arremeter agresivamente contra la demócrata.

El 8 de noviembre del 2016, los resultados en el Colegio Electoral, producto de los padres fundadores de la Constitución en el siglo XVIII, definieron a través de los electores (sistema electoral indirecto) al nuevo presidente de EE.UU. En total, 538 electores, uno por cada miembro de la Cámara de Representantes, más cada uno de los 100 Senadores y 3 por el distrito de Columbia. Para ganar la elección presidencial se requerían 270 electores. Trump logró 306, contra 232 para Clinton. Mientras que el Senado se renovaba en un tercio, quedando en mayoría republicana.

Entre los temas a analizar, más allá de si las encuestas se equivocaron o no, hay que resaltar que los medios fueron el mejor aliado para catapultar a Trump. El temor que generó su discurso le dio fama y publicidad diaria, pero también despertó a aquellos ciudadanos desplazados, olvidados y acaso invisibles para el Estado. Esos que claman por un Estado benefactor moderno, que se oponen al neoliberalismo y critican las fallas del modelo económico actual, los que ven en la globalización la raíz del mal y no la oportunidad de expandir y diversificar los negocios y las inversiones que generen la movilidad de la fuerza del capital y del trabajo. Ciudadanos que se consideran desplazados por la mano de obra de inmigrantes, ciudadanos que no tienen acceso a la educación o a los seguros médicos o que lo tienen a costos excesivos, ciudadanos que se convencieron por un discurso dirigido a la medida de su resentimiento, de su desesperación, de su ambición y de su decepción ante un régimen que consideran que no les ha dado lo suficiente.

Queda abierta la posibilidad de que el trauma que produjo esta elección en varios segmentos de la sociedad despierte a los Gobiernos del problema social que la inequidad del sistema económico actual produce y se busque cómo corregirlo o bien genere Gobiernos xenofóbicos que tiendan hacia el aislacionismo.

El filósofo esloveno Slavoj Zizek refiriéndose a estas elecciones señaló que se requiere que el impacto produzca el despertar de la sociedad para generar los cambios. Veremos si la sociedad o los grandes capitales, las fuerzas del mercado y los intereses económicos son el límite de un Gobierno que tiene en vilo al mundo entero.

De candidato a presidente, de las promesas a las acciones
Jesús Reyes Heroles, político y jurista mexicano, decía: “mantén distante la amenaza formal, de su transformación real”. Sin embargo, dadas estas elecciones, la amenaza en este caso sí puede en algunos de sus dichos de campaña volverse realidad a partir de enero.

Entre ellas destaca el hecho de que Trump no enviará para aprobación del Congreso el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), negociado y firmado por EE.UU., Japón, Australia, Nueva Zelanda, Malasia, Brunei, Singapur, Vietnam, Canadá, México, Perú y Chile.

Trump asegura que el TPP no será aprobado y asume la pérdida de empleos por la mano de obra barata e incentivos fiscales en otros Estados que se generaría por el traslado de empresas americanas a los territorios de las otras partes del tratado, además del temor de una oleada de productos asiáticos hacia EE.UU. y el desplazamiento de su mercado doméstico. El futuro mandatario es un globalifóbico.

El riesgo es China, que ocupará el vacío que dejará EE.UU. para acercarse a estos países a través del bloque que está conformando con la Asociación Económica Integral Regional. Geopolíticamente, no firmar el TPP beneficia a China. La pregunta es si el Senado mexicano aprobará el TPP aún sin EE.UU. La respuesta es no. Aun con el atractivo comercial que despierta Japón como líder económico en Asia, la economía mexicana depende en gran parte de su socio comercial número uno. Desatender sus movimientos nos afecta por esta profunda dependencia económica. Ir sin ellos es ir en contra de ellos.

México tiene 12 tratados de libre comercio y tendrá que diversificarse para evitar estos escenarios a futuro. En lo inmediato, la Secretaría de Economía tendrá que impulsar la celebración de tratados con todos y cada una de las naciones parte del TPP y con quienes se ha negociado en los últimos cinco años. Los negocios se mantendrían, pero ya no en un bloque.

Con respecto al Tratado de Libre Comercio de América del Norte, durante el encuentro con el mandatario mexicano, Trump fue desde abandonarlo a renegociarlo. Esta renegociación puede hacerse bajo los acuerdos paralelos, como los suscritos en materia laboral y ambiental del propio acuerdo, aunque es posible la modificación capítulo por capítulo. Bajo cualquier forma, el incremento de aranceles afectará a las partes, pues en el caso de un impacto negativo, el equilibro provendrá de las sanciones internacionales como la retorsión.

Las sanciones a empresas estadounidenses ubicadas en otros territorios pueden conformarse a partir del cobro de mayores impuestos, de tarifas arancelarias elevadas, a bienes americanos cuya producción se mudó a otros territorios hace determinado número de años, por ejemplo. Es decir, sí existe la posibilidad de ejercer presión para el retorno de capitales, pero no su inhibición absoluta; el aislacionismo quedo atrás con Monroe.

México y el mundo tendrán que prepararse para una nueva era comercial que servirá de freno a la globalización, no su desaparición, pues la vinculación tan estrecha entre economías generaría un caos en la economía internacional. El escenario más negativo sería que EE.UU. abandonara la Organización Mundial de Comercio, no habría topes arancelarios y generaría una guerra comercial inevitable.

Trump es tan impredecible como sus negocios. México tiene que incentivar la economía nacional y diversificar sus socios y EE.UU. tiene que reconocer a México como socio, no como competidor.




[1] Anglicismo que refiere a un grupo cerrado de la élite en el poder.

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