Editorial | ¿Un paso a favor de la biodiversidad?

17 Noviembre 2014

La entrada en vigor del Protocolo de Nagoya el pasado 12 de octubre representa un paso a favor de la protección de la biodiversidad global. No obstante, el instrumento internacional que pretende dotar de fuerza al tercer pilar del Convenio sobre Diversidad Biológica sobre la distribución justa y equitativa de los beneficios de recursos genéticos y conocimientos tradicionales no está exento de críticas y áreas de oportunidad sustantivas.

La pérdida de biodiversidad en el mundo sigue acelerándose y los países se distancian de las metas definidas globalmente, según el informe Perspectiva Mundial sobre la Diversidad Biológica 4 revelado hace algunas semanas. Hay mucho que hacer. Los esfuerzos internacionales para la conservación y el uso sostenible de la biodiversidad deben acelerarse y vincularse con el marco de desarrollo post 2015, de acuerdo a la Hoja de Ruta de Pyeongchang acordada en Corea del Sur en octubre.

No pocos países latinoamericanos son megadiversos, por lo que su interés en estos últimos desarrollos es todavía más notorio. Tal es el caso de Colombia, Costa Rica, Brasil, México, Perú, entre otros. La biodiversidad para ellos idealmente debe ser sinónimo de desarrollo sostenible, negocios y prosperidad, auque todos dependamos de ella y de sus bondades.

El Protocolo de Nagoya es un instrumento internacional que brinda el marco básico de derechos y obligaciones sobre la materia. Presenta, no obstante, importantes falencias, según señalan los expertos, en áreas como por ejemplo los procesos de investigación previstos, los contratos derivados o su relación con otros acuerdos internacionales. Sin embargo, su implementación, que recae en los gobiernos, es fundamental para asegurar que la regulación se traduzca en fuente de seguridad jurídica, ganancias monetarias y desarrollo económico.

Especialistas latinoamericanos y de otras latitudes nos comparten en esta edición de Puentes sus perspectivas sobre las ventajas del Protocolo de Nagoya, sus fallas, sus implicaciones comerciales y su impacto para los países de América Latina y el Caribe.

La conocida tensión Norte-Sur por el aprovechamiento de la biodiversidad podría ser una ventana para demostrar que sin importar quienes son los detentores de los recursos genéticos y el conocimiento tradicional es posible realizar una distribución justa y equitativa de sus beneficios entre quienes cuentan con los medios económicos y la tecnología y los propietarios originales.

El equipo de Puentes.

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